Resultados del concurso de Battle Brothers

slider Battle Brothers

Ya tenemos ganador del concurso de relatos para Battle Brothers, Corazón de Hierro de Mikeboix, que tendrá como premio una clave de este juego y cuyo personaje, Derfel, encarnará al siguiente capitán de la nueva compañía mercenaria. Desde aquí queremos agradecer el esfuerzo a los participantes del concurso y a continuación publicaremos los relatos de Mikeboix, desde el punto de vista de Derfel, y de Damián Nicolás, desde el punto de vista de Julio.

Primer Puesto: Corazón de Hierro (Mikeboix)

relato mike

Estaba atardeciendo cuando los ocho miembros de la compañía vislumbraron por primera vez el castillo, alzándose oscuro y tétrico en la rocosa colina. El sol carmesí se ocultaba lentamente tras la vieja fortaleza, creando un juego de luces que hacía que pareciera un negro gigante derribado.

El castillo de Ironheart era más un montón de ruinas que otra cosa, o al menos eso fue lo que le pareció a Derfel mientras caminaba cauteloso junto a sus compañeros por el abandonado camino. Sin embargo, mientras más se acercaba al viejo fuerte más crecía el desasosiego en el interior del veterano guerrero, y sabía que no era el único en experimentar esta sensación por el aspecto de sus camaradas, que miraban intranquilos a cada lado del camino. Los aldeanos con los que se habían cruzado hace un par de horas tenían razón: había algo extraño en la fortaleza de Ironheart. Aquellos dos labriegos parecían especialmente mal alimentados y cabizbajos, algo extraño teniendo en cuenta la opulencia de los campos que habían visto en aquellas tierras. Tampoco la guerra había azotado esta comarca, y sin embargo las gentes de las aldeas que habían cruzado parecían vivir atemorizadas, cerrando las puertas de sus casas al verlos pasar y escondiendo a los niños en sus regazos protectores.

“No os acerquéis al castillo del Corazón de Hierro”, dijeron aquellos dos campesinos, los únicos que no se fueron corriendo al ver a la compañía de mercenarios acercarse. “No os acerquéis, señores guerreros, pues el mal que allí habita no se puede combatir ni con todas las espadas del mundo. Huid de estas tierras si queréis evitar un destino peor que la muerte”.

Gunther y Erik se habían burlado de estas palabras cuando los labriegos se marcharon por el camino contrario al que ellos seguían. “Ja, habladurías de campesinos. Nos hemos enfrentado a bandidos, muertos que se alzaban de sus tumbas e incluso a lobisomes y hombres lobo. No hay nada a lo que no podamos hacer frente, ¿verdad muchachos?” El capitán Vlad asintió pensativo, y ordenó a la compañía seguir en camino. Fuera como fuera, había aceptado un contrato de mercenario por un precio más que considerable y no pensaba faltar a su palabra sin al menos acercarse al castillo con sus chicos e intentar eliminar el peligro desconocido que allí se ocultaba. La reputación era la posesión más valiosa de una compañía de mercenarios, mucho más que las armaduras o las espadas, y si quedaba manchada por un contrato abandonado les resultaría muy difícil conseguir trabajo en el futuro.

Con este convencimiento, Derfel y el resto de la compañía llegaron a la puerta de la fortaleza. Un enorme y pesado portón de caoba en un estado sorprendentemente bueno comparado con el resto del aspecto extrerior del castillo les cerraba el paso, aunque por fortuna no estaba cerrado desde dentro, por lo que consiguieron abrirlo empujando entre cuatro con gran esfuerzo. Una bandada de pequeños murciélagos chupasangre volaron con gran estruendo por encima de sus cabezas nada más asomarse al interior de las ruinas.

“No me gusta nada esto”, pensó Derfel. El interior del castillo, al igual que la puerta de la entrada, sorprendía por su limpieza y orden. A pesar de que el techo se había derrumbado por muchos sitios, dejando pasar la tenue luz del atardecer al interior, no había rastro por ningún lado de cascotes o polvo, lo cual indicaba que seguía habitado. Al fondo del salón recibidor habían unas majestuosas escaleras que conducían al primer piso, y la mayor parte del suelo estaba cubierto por moquetas que, a pesar de estar agujereadas y rasgadas, parecían recién lavadas e incluso olían a jabón. Podría haber parecido un lugar habitado por un rico conde, o incluso un duque, si no fuera por el hecho de que Derfel no veía ningún candelabro en ningún sitio. La oscuridad reinaba en todas las salas de la planta baja que visitaron cautelosamente, armas en mano, lo cual descartaba que Ironheart estuviera habitado por inquilinos comunes y corrientes. En una sala lateral encontraron unas escaleras de piedra que descendían a un sótano, por lo que Derfel se decidió a encender una antorcha que los guiara por las entrañas del castillo. El curtido guerrero bajó en cabeza de la compañía, por lo que fue el primero en oir los lastimosos gemidos que procedían del sótano.

Indicó con un gesto a sus comapañeros que avanzaran con cautela, a cada paso que daban se hacían más claros los llantos ahogados , las súplicas de agua, comida o la solicitud de muerte en algún caso. Al llegar abajo se colocaron en posición de combate, esperando encontrar allí a los enemigos que torturaban a las pobres almas que habían estado escuchando. Pero no encontraron a ningún enemigo en aquel oscuro sótano. Sólo jaulas, jaulas enormes de hierro en las que había encerrados hombres y mujeres en un deplorable estado de salud e higiene. Efectivamente, el maestro de la cofradía con el que habían firmado el contrato mencionó que había estado desapareciendo gente de las aldeas cercanas al castillo en los últimos meses, así que se trataba de ellos.
Derfel acercó la antorcha a aquellas jaulas y miró a la cara a aquellos pobres diablos, que no cesaban de pedir agua y comida, ignorando las preguntas que los mercenarios les hacían. No contestaban a la pregunta de cuánto tiempo llevaban allí, de quién les había encerrado o de si sabían cómo abrir las jaulas. Sólo pedían agua y comida, aparentemente en un estado de conmoción del que no eran capaces de salir.

Derfel acercó su cantimplora a un anciano de barba gris especialmente insistente en la petición de agua, y mientras bebía con la intensidad de alguien que no ha probado gota en semanas, escucharon una voz que procedía de arriba de las escaleras.

-¡Ya voy, ya voy! Estúpido ganado, menudo ruido estáis montando. El señor y la señora no estarán nada contentos, oh, desde luego que no. Ya os bajo vuestra estúpida comida…

Al oir esta voz, el anciano al que Derfel había prestado su cantimplora dejó de beber y, alarmado, exclamó con voz ronca:

-¡Corred insensatos!

Los siguientes momentos fueron de caos absoluto. Lo primero que oyó Derfel fue el sonido de algo metálico caer por las escaleras, lo que luego comprobó que era una bandeja con pan rancio y agua. El siguiente sonido vino casi instantáneamente después del primero, y fue el desgarrador grito de Erik, que se encontraba más separado del grupo. Deslumbrado por la luz de su propia antorcha, Derfel no pudo más que intuir lo que estaba ocurriendo en aquel sótano. Lo que le pareció una sombra incorpórea, se movía a una velocidad de vértigo entre los miembros de la compañía de mercenarios, cortando y cercenando carne y huesos allí por donde pasaba. Aparentemente rehuía de Derfel y su antorcha, y ante el evidente sufrimiento de sus camaradas se abalanzó contra la sombra, fuego y hacha en mano.

Entonces pudo verlo: parecía un hombre joven y barbilampiño, con cabello y ropas negras como una noche sin luna. Pareció amedrentado por la proximidad de la llama que Derfel portaba en la mano izquierda, y al ver su titubeo descargó un poderoso golpe de hacha de arriba a abajo, clavándosela profundamente en la clavícula. El ser emitió un agudo chillido, pero lejos de derrumbarse ante tan terrible herida abrió una boca enorme en la que brillaron cuatro agudos colmillos, salpicando la cara de Derfel de saliva y sangre. Mientras el ser se rebullía tratando de liberarse del abrazo del hacha, Gunther el bárbaro lo atravesó de lado a lado con la punta de su afilada alabarda. Sólo entonces dejó de chillar y de revolverse, cayendo poco después inerte al frío suelo del sótano.

-No está muerto… –dijo el anciano enjaulado de antes-. Él es sólo el mayordomo… no creáis que podréis enfrentaros a los señores de este castillo y salir tan bien parados como de este encuentro. Huid mientras estéis a tiempo.

¿Bien parados? Aún conmocionado, Derfel acudió a ayudar a sus compañeros heridos. Arne, Erik y Julio Brunschink yacían en el suelo, todos ellos presentando similares cortes en sus cuerpos de variada gravedad. La herida más terrible era la de Arne, que había sufrido una amputación de cuajo de su pierna derecha, mientras que el resto tenían heridas parecidas a las producidas por garras en la espalda o el estómago. Los tres sangraban profusamente pero seguían con vida, así que tras aplicar algún vendaje de urgencia se cargaron a sus compañeros heridos a cuestas y se dispusieron a huir de aquel lugar, siguiendo las recomendaciones del anciano de la barba gris.

Ascendieron costosamente las escaleras, Vlad el capitán en cabeza portando la antorcha y Derfel cargando con el jadeante Erik. Mientras subían, oyeron unas poderosas voces que parecían resonar en todo el castillo. La primera era una voz femenina y juguetona, en cuyas palabras sin embargo se leía un ancestral odio.

-Oh, ¿pero os marcháis ya? ¡Vaya vaya, qué huéspedes tan maleducados, ni tan solo se dignan a presentarse!

-Y no sólo eso, querida, si no que además atacan a nuestro benigno mayordomo, creándole gran dolor e incapacitándole temporalmente para servirnos. ¿Y qué vamos a hacer todo este tiempo sin mayordomo? –Esta era una voz masculina y autoritaria, que parecía taladrar la mente de Derfel. El sentimiento de desasosiego que llevaba sintiendo desde que se acercaron al castillo creció enormemente, haciéndole recordar traumas que creía olvidados, trayéndole a la cabeza imágenes de muerte, desolación, gritos de dolor lejanos.

-Eso mismo pienso yo, querido. Creo que no sería capaz de pasar un sólo día sin un servicio acorde a mi nobleza, así que será hora de que encontremos cuanto antes un sustituto, ¿no crees?
Las escaleras ya estaban llegando a su fin, pero a Derfel cada segundo se le hacía más pesada la carga. Sus pies trastabillaban con los escalones y su embotada mente trabajaba por momentos con menos diligencia. Vlad, que caminaba por delante, también parecía tambalearse cuando al fin salieron al recibidor de la entrada.

-Por ti haría lo que fuera, querida, ya lo sabes sin duda –Volvió a rugir la segunda voz.- Tal vez entre esta pintoresca compañía de guerreros haya alguien lo suficientemente educado como para quedarse un tiempo y aceptar la hospitalidad de nuestra casa. ¿Qué me decís, guerreros, allanadores de moradas, asesinos? ¿Hay entre vosotros alguien dispuesto a mostrar un poco de humildad por una vez? ¿Hay alguien con un corazón de hierro, dispuesto a servir a esta noble casa por propia voluntad, o acaso queréis quedaros todos vosotros a engrosar el ganado del castillo?

-No los escuches, Derfel –le dijo Rogar, quien cargaba en sus hombros al malherido Arne- Mira, allí está la puerta, y gracias a los dioses sigue abierta. ¡Salgamos todos de aquí cuanto antes!
Fueron uno por uno saliendo del castillo sin encontrar oposición alguna, saliendo a aquella luminosa noche en la que brillaba una enorme luna llena. Cuando finalmente salió Gunther cargando con Julio, las pesadas puertas del castillo de Ironheart se cerreran detrás de ellos, y pronto Derfel se dio cuenta de que algo había salido terriblemente mal: el capitán Vlad se había quedado dentro.

Intentaron en vano abrir el pesado portón durante unos minutos, empujando y golpeando la rica madera que ni por un momento cedió un centímetro. No se escuchaba ni un ruido del interior del castillo. No podían permitirse perder más tiempo allí, pues los heridos estaban empeorando a ojos vista. Se marcharon apesadrumbrados tras construir unas rudimentarias camillas a partir de los finos árboles que allá crecían, y con ellas transportaron a los agonizantes Erik, Arne y Julio a la aldea más cercana. Allí pudieron vendar mejor sus heridas y descansar un poco, tras lo cual se unieron a una caravana en la que pudieron transportar más cómodamente a los heridos a la ciudad de Altenhof, donde sin duda encontrarían a un médico de verdad.

Tras unas semanas de reposo y tras asegurarse de que sus compañeros heridos quedaban fuera de peligro mortal, se reunieron en una taberna del centro de la plaza y, mientras bebían una terrible cerveza aguada, decidieron disolver la compañía del Guantelete. Con tres miembros incapacitados, el líder desaparecido y una misión estrepitosamente fracasada, estaban todos de acuerdo en que sería muy difícil salir a flote en esta ocasión. De esta manera acordaron que cada uno tomaría su propio camino, buscando la fortuna allí donde sus pies les llevaran.

Tras despedirse de sus antiguos compañeros de profesión, Derfel se cargó a la espalda su viejo escudo de tilo, su fiel hacha y tomó el mismo camino que había recorrido semanas antes. Iría a buscar a su capitán, a su amigo. Iría a buscar al hombre del corazón de hierro.

Segundo puesto: En las miradas de Julio, yacen sus últimas memorias (Damián Nicolás)

relato damian
Los pasos de la compañía se aminoraban mientras nos adentrábamos al castillo, ahí en medio de la espesa bruma y obscuridad mientras la escasa luz que ilumina la luna ámbar da a pie a que las sombras se movieran entre los pasillos de la fortaleza. Ahí estaba yo, mirando inútilmente hacia todos lados pero el suspenso me mataba más que nunca. Jamás había pasado por un momento como este.

El capitán fuertemente convencido de un tesoro místico, vino hacia aquí, tal vez para curarse de una extraña herida provocada por los hombres lobo alrededor de su cuello, parecida a las marcas que algunos salvajes de esta región tienen y también a los hombres bestia de Taring. Algo bastante peculiar y más aún en esa situación en donde Vlad actuaba más agresivamente que nunca, sin levantar su escudo ante la espera de un gran enemigo.

Movimientos entre las sombras además de murmullos en la compañía era lo único que se oía, de pronto, una flecha emerge desde niebla para clavarse en un poste y rápidamente la niebla se esfumó para dar paso a un altar donde se encontraba un posible necromago tapado con su túnica negra mientras tenía estiraba sus brazos y bastón. Abajo se encontraba muchos soldados ya muertos, cuyas caras desfiguradas por el tiempo, comidas por las ratas y lombrices pero de todas formas sus ojos que emitían una llamarada verdosa seguían igual de vivas que muertas. Llegué a contar al menos 30 zombies armados, la mayoría bien equipada mientras arriba se hallaban monstruos de al menos 2, 5 metros de alto con una fuerza formidable, los necrófagos (criaturas horripilantes que solo un gran necromago podía dominar a esas fieras).

Miré hacia mis compañeros, los reclutas apenas podían mantenerse de pie mientras Erik y Derfel gritaban con valentía y sonreían, Gunther inmutable como siempre. El capitán más agresivo que nunca, dio la orden de asaltar. Yo con todo el gusto del mundo me abalancé sobre el enemigo, jamás tendría otra batalla igual y nunca me habría arrepentido, de todas formas ya no había escapatoria.

Cargamos hacia el enemigo de forma conjunta, Erk fue el primero en llegar, clavando la lanza en la cara del primer zombie que se hallaba y se esa forma arracándosela de su débil cuerpo. Pero fue ahí donde otros 2 enemigos entraron en combate contra ese sádico mientras sonreía a su propia muerte. Luego llegó Vlad y Derfel en su ayuda mientras arroyaban a todo a su paso. Para mi mala suerte, tuve que luchar codo a codo con estos nuevos campesinos que solo estorbarían una buena batalla pero al menos conté con Gunther a mis espaldas para aguantar toda esta peña. Mientras tanto, nuestro nuevo arquero quedaba en la retaguardia, tratando de acertar a los zombies. Menudo estúpido, debía desde un principio intentar matar al hechicero antes de ayudarnos en el campo.

Acechaban los zombies en grandes rebaños y hordas, casi intermidables. Mi sed de sangre parecía que no se saciaba mientras torso tras torso caían a mis pies y Gunther empalaba sus débiles cuerpos. Con cada torso, cada brazo y cada cabeza rebanadas, mis hombros apenas lograban mantenerse firme, casi fatigadas, pero a pesar de ello, no quería dejarme que la parca me llevase tan fácilmente y no contra un enemigo tan débil como lo son los zombies.

Fue en ese preciso instante cuando miré de reojo hacia el altar, ahí donde se hallaba el hechicero. Con un gesto con el bastón, logró detener el ataque de los pocos zombies que restaban, al menos 3 o 4 zombies restantes, y de ahí retrocedieron para luego se apagasen sus llamaradas de sus ojos para caer sin vida al suelo.

Esto me dio oportunidad para descansar y agarrar mi cantimplora de licor y tomar el resto que había, tiempo suficiente para darme el gusto de tomar mi último elixir luego de una larga batalla.
Miré para arriba y ahí aun estaba el necromago el cuál se retiró su capa y mostró su total rostro. Se trataba de Nekogoblin, tal vez uno de los mas poderosos en estas tierras. Haciendo una mueca y unas palabras impronunciables, un humo color verdoso emerge desde la punta de su bastón el cuál se dirigió hacia Vlad. Al decir verdad, no tengo ni idea del porque Vlad miraba hacia su enemigo de forma desafiante, al no poder evadir el humo, este lo atrapa y lo termina enloqueciéndolo, algo que nunca había visto de él. No entendí pero Vlad no fue capaz de mantener su propia cordura y comenzó a atacar a Rogar y Dersel, los cuales no lograron ser heridos por el capitán.

A su vez que Vlad trataba de matar a sus compañeros sin éxito alguno, se abalenció sobre mi, mientras su marca en su cuello empezaba a expandirse sobre su cara hasta convertir sus ojos en algo tan oscuro y negro sin vida. Pero logrando evadir su ataque para luego tirarlo hacia un lado. Evité que Gunther lo matase pues creo realmente que logrará sobrevivir a su maldición. Después de ese momento, Vlad salió corriendo hacia las penurias saliendo del castillo, abandonándonos en ese campo de batalla, en ese trampa de ratas. Poco a poco, su grito de penurías se fueron apagándose a la vez que miré hacia el frente, el tiempo de las peores bestias llegaría.

Con una mano, el nekogoblin dio una señal en donde los necrófagos se lanzaron al ataque. Era de esperar que los dos nuevos novatos se espantasen de enemigos de esta categoría, salieron huyendo tan rápido como los Necrofagos se acercaban a nuestras posiciones.

-Señores, todos Juntos –gritó Derfel a la vez que corría con Erik, Radulf hacia atrás, hacia un pasillo. Yo le seguí el paso al igual que Güther. –Señores, hoy llegó el día de nuestro juicio, pase lo que pase, lucharemos o moriremos juntos.
Cayeron los primeros 3 necrófagos, Derfel logró partir la cara de uno de ellos de un hachazo, Erik de insertar su lanza en el corazón de otro, yo decapité otro. Pero venían uno tras otro, trayendo la peste.
El olor del sudor, la sangre y los cuerpos putrefactos se mezclaron con el de los necrófagos, algo tan vomitivo que apenas lograba mantenerme concentrado en la lucha. Bladiendo mi espada lograba cortar cada torso a la vez que los bloqueaba. Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos, Dersel fue derrivado hacia las afueras del castillo de un manotazo del necrófago.
-Mantengan la formación – grité con todas mis fuerzas – esto no terminará hasta que no muera.
Para nuestra suerte, el arma de Radulf se rompió y en ese momento vió que ya no podía aportar a la batalla, huyó como el buen soldado indefenso que era. Cobarde como casi todos.
El Nekogoblin mientras lanzaba rayos, pero la mayoría las erraban. Espero que siguiese así siempre mientras combatíamos a los últimos necrófagos. A su vez que mencionábamos esto, Günther logró ensartar su alabarda en la faringe del necrófago.

Mis penas apenas recobraban vida, mi fatiga cubría mi cuerpo y lo dominaba, mi sangre se enfriaba a su vez mi nariz sufría mas que el resto de mi cuerpo y mente. No recordaba un enfretamiento de este calibre desde la última vez que luche en Taring contra la expedición hacia los hombres-bestias y los devoradores. Esos recuerdos de mis viejos compañeros siendo masacrados y devorados en mitad del campo de batalla por esas bestías, solo espero que los pocos compañeros restantes no sufriesen dicho final.

El último Necrofago se abalenció contra mi pero Erik y Günther lograron detenerlo pero no fue suficiente para detenerlo. Aproveche para cargar y bladir mi espada hacia su piernas, logrando cortar gran parte de ella para luego cuando este cayera poder acercarme y clavar mi espada en su cara.

Finalmente todo terminó pero en realidad era tan solo una falsa ilusión pues ahí aún guardaba el hechicero. Esto no terminaba más, pero de todas formas al menos Dersel volvía a nuestras filas después de unos largos minutos de su ausencia debido a ser retirado de la batalla de tal forma inesperada. El Nekogoblin con un rayo logró invocar a una criatura del otro mundo, una aberración de la naturaleza del cual combinaba todas los cuerpos de zombies y algunos necrófagos para lograr algo tan horrible. Un ser de 5 brazos y 4 piernas y 3 bocas y de 3 metros de altura. Jamás vi a un mago tan poderoso capaz de jugar con la propia naturaleza.

Ahí ya sabía que era nuestro fin, no habría forma de derrotarlo pero Derfel furioso cargó hacia el pero para luego ser tomado por uno de los brazos para luego ser levantado y ser lanzado hacia la puerta pues ahí quedo inconsiente. Esta lucha será imposible de ganar. Erik y Günther por primera vez mostraron confusión y miedo a la vez, al igual que a mí. Solo espero que no sufra un destino tan cruel ni tampoco tan horrible como em estaba imaginándome todo ese momento.

La aberración se lanzó hacia nosotros con una carga del cual Erik intentó interceptarlo pero no logró hacer nada, simplemente fue apartado. Definivamente iba hacía mi, algo del otro mundo iba por mi cabeza. Tantas dudas y tantas penurias incumbían todos mis pensamientos ante ese monstruo cuyos brazos putrefactos se acercaban. Mostré mi escudo en un intentó de detenerlo pero fue inútil, fui derribado y con 3 de sus brazos me tomó para sus actos perversos que ni quisiera imaginarme. Sin embargo, mientras ese enemigo me levantaba del piso, Günther la empaló y un grito agudo me soltó. Estaba a salvo por momentos, peor no en los siguientes minutos. Günther intentó insértale su alabarda más hondo pero ahí de un golpe seco lo apartó de su arma para tirar al salvaje hacia un costado, mientras el gigante de carne de múltiples brazos rechinaba y gritaba. Fue ahí cuando me levanté y tome de nuevo mis armas, y también intenté llamar a Erik pero no respondía, simplemente desapareció sin dejar rastro.

La bruma era espesa pero la horrible criatura aún existía aunque estaba agonizando.

-Dejalo Julio, es inútil
-¿Para qué? Para que nos persiga y nos devore? Jamás, corre tu si puedes.
Ahí en ese momento desvainé mi daga y me trepé sobre su torso mientras la criatura aún no tenía control sobre sí mismo. Una vez en la cima, logré clavarle la daga en su rostro pero a cambio, la bestia con sus garras de necrófago rasgó sobre mi brazo diestro, destruyendo a su vez la armadura que portaba.
La bestia cayó al igual que yo. Ya veía mi fin, mi brazo ensangrentado era toda la evidencia que necesitaba para confirmar que estaba condenado a dedicarme al comercio y dejar mis días de mercenario.
-Carajo Julio, salgamos de aquí antes que el mago nos mande una de esas bestias otra vez.
-Bueno amigo, vámonos lo antes posible.
A través de la bruma huímos del castillo y tratamos de no saber más de ello.
-Que será de la compañía –pregunté retóricamente a mi amigo
-Nada, ahora no hay nada- respondió de un gruñido
-No podemos luchar de esta forma
-Tienes razón, no debemos, necesitamos llegar al primer pueblo y conseguir algo con que ganarnos el pan. No queda otra
-Y el capitán Vlad? Que será de él?

Luego de unos minutos mientras deambulábamos entre las colinas respondió suavemente:

-Él probablemente obtuvo la maldición de las bestias, capaz se convierta en un hombre lobo o peor. Capaz muera en total penuria y agonía o quizás no. Muchos salvajes terminan de esa forma y pierden su humanidad para convertirse en lo peor que la naturaleza y las peores prácticas de la necromagia puedan realizar. -Un silencio mató el discurso por un largo tiempo –Mejor concentrémonos de encontrar la civilización y volver a casa, otra vez, comenzar de nuevo y sobrevivir a este cruel mundo.

Comparte y colabora:Tweet about this on TwitterShare on FacebookEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Google+Pin on PinterestShare on TumblrShare on Reddit

Acerca de Alvaro Alonso Flor

Licenciado en periodismo y activo en el mundo de los videojuegos desde 1995. Jugador de consolas, Android y PC, especializado en estos dos últimos ámbitos. Nostálgico de la Dreamcast y de su mayor obra, Shenmue.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.