Headlander – Análisis


Te despiertas y pronto descubres que eres una cabeza. Literalmente una cabeza en un casco con propulsores. No sabes por qué, pero una mega computadora inteligente te persigue y quiere destruirte. Tomas el control de distintos cuerpos inertes y te abres paso a puro rayo láser para sobrevivir. Así comienza esta extravaganza retro de ciencia ficción, imposible no querer saber como termina.

 

¿En qué cabeza cabe?

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Excelente arte y ambientación

Cuando nos enteramos de las “mentes” que nos trajeron este juego, es decir Double Fine y Adult Swim Games, sobran los antecedentes. El primero es el estudio desarrollador creado por la leyenda de la industria Tim Schafer (Maniac Mansion, Monkey Island 1 y 2, Day of the Tentacle, Full Throttle, Grim Fandango, Psychonauts). El segundo es el canal de animación para adultos por excelencia (Robot Chicken, Fantasma del Espacio de costa a costa, The Boondocks, Black Jesus, etc.). Teniendo en cuenta estos antecedentes, Headlander podría haber caído en algún lugar común dentro del universo de sus creadores, algo así como una aventura gráfica con humor corrosivo y parodia política. Sin embargo, este juego está lejos de la zona de confort de sus creadores y se nota.
¿De qué se trata entonces? Headlander es un juego inspirado en las notorias películas de ciencia ficción clase B de los ’70. Si lo tendríamos que encasillar dentro de un género, responde a un Metroidvania con algunas mecánicas de RPG, como son los árboles de habilidades. La trama cuenta la historia de un futuro sombrío, donde una maléfica computadora autoconsciente (al mejor estilo Skynet de Terminator) logró someter a la raza humana a una generación de robots esclavizados a sus órdenes. Por alguna razón que no se explica, las personas dejaron de usar sus cuerpor de carne y hueso, y trasladaron su mente a cuerpos robóticos llamados “Impostores”. Estas unidades están cargadas con la información cognitiva del humano que llevan en su interior y tratan de replicar una vida normal dentro de una plataforma espacial construida específicamente para el deleite de sus ocupantes. Nuestro personaje es el último ser humano (o al menos una parte) en utilizar piel y rasgos orgánicos, por lo cual es cazado incesablemente por Matusalén, esta computadora maldita. El entorno gráfico es exquisitamente detallado, de un humor sutil que acompaña a la historia y nunca queda en el centro de la escena. El gameplay resulta ágil y logra el dinamismo necesario que requiere una aventura espacial, con luces, rayos y explosiones incluidas. A simple vista, nada está fuera de lugar y parecería ser un juego perfecto. Sin embargo, ahondando más en las mecánicas y sobre todo en el end-game, encontramos fallas de criterios que hacen a Headlander un título con muchísimo potencial pero que se queda corto.

 

Pensamientos encontrados

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A puro rayo láser

Al empezar el juego, queda muy claro que manejamos una cabeza voladora que tiene la habilidad de posarse sobre el cuerpo de determinados robots y utilizarlos para distintos fines. El más común, poder de ataque y eliminación de objetivos. Sin embargo, con el correr de los minutos descubrimos que Headlander no se trata sólo de correr y disparar a mansalva, sino que hay muchos pasajes en donde debemos usar la cabeza (literal y en sentido figurado) para desbloquear ciertos sectores de la estación espacial donde transcurre la mayor parte de la historia. Así es como descubrimos la existencia de los “Pastores”, unos robots programados para controlar y reprimir todo lo que escape de la norma permitida en la estación. Estos guardias de seguridad están identificados por distintos colores, y cada uno de ellos tiene acceso a diferentes partes de la estación. La mayor parte del juego estaremos ocupando los cuerpos de estos robots para acceder a las diferentes puertas. Por supuesto que no siempre es tan lineal, y muchas veces habrá que pensarlo dos veces antes de decidir cómo avanzar de habitación.
Además de la mecánica más simple, Headlander ofrece ramas de habilidades que iremos desbloqueando a medida que capturemos energía. Al igual que en un juego RPG, decidiremos potenciar determinadas características de nuestro personaje, como ser el daño cuerpo a cuerpo, la velocidad de vuelo, capacidad de succión, escudos, etc. Así son las mecánicas que conforman este juego, y si bien se mantienen frescas para que el juego no pierda su interés, de todas formas el gameplay comienza a sentirse repetitivo con el paso de las horas. Analizando las razones llegamos a la conclusión que el mayor problema que tiene este título son sus misiones, básicamente hacer lo mismo una cantidad de veces determinada, para desbloquear otra área de la estación. Realmente se siente como si ese aspecto no hubiera sido debidamente planeado, ya que en un juego con un universo tan bizarro, se podría ir para cualquier dirección. De hecho, era preferible tener misiones más ligadas al humor o lo paródico, quizás reforzando la ironía de salvar al mundo con una cabeza voladora. Sin embargo, los desarrolladores decidieron ir por misiones que no escapan de la monotonía, y hacen peligrar seriamente nuestras ganas de seguir jugando.

 

Conclusión

Headlander es un juego con una puesta increíble, que nos despertará los sentidos en más de una forma. Más allá de los problemas que tiene en una experiencia de juego prolongada, es un título que sin lugar a dudas vale la pena probar. Para fanáticos de la ciencia ficción absurda y los juegos de acción, es diversión asegurada. Su end-game quizás esté más reservado para jugadores con experiencia o acostumbrados a los desafíos que propone este tipo de juegos de plataforma, que en un análisis rápido pueden parecer aburridos. Aunque no hay nada que temer, ya que tienen que pasar varias horas para que nuestra cabeza comience a cansarse de volar. Por eso recomendamos este juego, ya que incluso con sus advertencias, es un digno trabajo con una trama que parecía imposible de tomar en serio. ¡Agarren sus cabezas!

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Sobre Damián Centrone

Periodista de formación, publicista de profesión, gamer de corazón. Desde el descubrimiento del Atari 5600 a sus tiernos 7 años, sobrevivió batallas épicas, resolvió enigmas indescifrables y exploró inmensos mundos pixelados. Hombre de familia. No toma rehenes.
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