[Crusader Kings II] AAR. La dinastía Assabi (Capítulo III)

El mensajero

Rahad Assab – Memorias III

El estallido del conflicto era cuestión de tiempo, pero esta vez no esperaríamos a que el enemigo tomara la iniciativa. Así de claro fue Mirza en la reunión del consejo en la que se comunicó que iríamos a la guerra.

Después de mucho tiempo volví a sonreír, la posibilidad de la venganza estaba otra vez al alcance de mi mano. Al tiempo que la guerra se declaraba, casé a una de mis cortesanas, Melesse, con Hagos, el mariscal de los infieles de Absinia. Ya me había prometido su apoyo a la conjura para acabar con la vida de Anbasa, pero era necesario mantener los lazos con él para garantizar su apoyo en el momento decisivo. Aunque era un infiel podía jugar el papel asignado y con suerte desatar una guerra civil por la sucesión.

La guerra probablemente sea vista a posteriori como la más fructífera de mi legado. Tomamos la iniciativa y reunimos un gran ejército que aplastó a las huestes de Anbasa sin piedad. La paz se firmó en el año 275, lo cual me dejaba con las manos libres para, sobre las ruinas de Absinia, abrir una brecha entre los vasallos y su señor.

Pero antes necesitaba poner en orden las cosas en casa y reclamar lo que le correspondía a nuestra dinastía por la participación en la guerra. Con la paz, el rey Mirza había concentrado una cantidad de propiedades en sus manos que era incapaz de administrar. Aprovechando mis buenas relaciones con él y con el aval de nuestra indudable colaboración a la victoria, se otorgó a la dinastía las mezquitas de Teseney y Harar. Sherezade viajó a Harar para gestionar como imán la mezquita. Así estaría más preparado para su inevitable ascenso como cabeza de familia.

Una vez terminados estos asuntos pude dedicarme de lleno a la venganza. Fueron cuatro años de dedicación completa. Sin embargo no obtuve más que frustración. Los informes de Nizam nunca traían buenas noticias. A pesar de la derrota Anbasa era un zorro viejo y sabía cómo manejar las disputas de sus vasallos. Con el apoyo insuficiente del mariscal no iba a llegar a ningún lado y cada vez parecía más claro que por la vía de la conjura tampoco iba a conseguir un justo castigo al rey infiel.

Tampoco me gustaba la actitud complaciente con la que Nizam había comenzado a actuar desde que llegó al puesto como maestro de espías. En el año 280 comencé a asumir que la venganza tendría que posponerse, de nuevo. Fue entonces cuando me concentré en renovar la corte por completo. Mientras en la región reinaba la calma, el resto del mundo, y en concreto las cortes de nuestros hermanos de religión, eran un baile continuo de intrigas, nombramientos y destituciones que había provocado que un buen número de hombres cultivados se sintieran apartados de ellas.

Mi corte necesitaba ese tipo de hombres, que hubieran visto mundo y con otra mentalidad, para renovar y transformar el espíritu que todavía anidaba en la dinastía. Casi tan importante como la última guerra fue esta decisión, ya que mi palacio se engrandeció. Si se hizo más grande no sólo fue por las nuevas habitaciones que ordené construir, sino también por la vida que se insufló a su interior, llenándose de discusiones de táctica militar, teológicas o de los acontecimientos en el mundo.

Con tamaña corte era necesario hacer una remodelación completa de mi consejo. Estos hombres nuevos que habían sido bendecidos por Alá me hicieron recapacitar acerca de mi plan de revancha. Si quería realizar algún avance para derrotar a Anbasa, debía aumentar mi poder e influencia en Afar primero. Mis espías entonces fueron destinados a reclamar el condado de Agordat, del que ya controlaba su mezquita. Mirza identificó rápidamente mis intenciones y antes de que pudiera buscar el apoyo de otros señores me pidió, en nombre de nuestra larga amistad, que renunciara a esas reclamaciones. No tuve más remedio que aceptar ya que de ninguna manera podía permitirme la guerra con un hermano de religión. Un hermano que con una fracción de su capacidad militar podía enviar a nuestra familia al olvido más absoluto.

Sin otra alternativa, dediqué los años de paz a reformar Assab con nuevas construcciones y equipamiento para las defensas. También empecé a reunirme más asiduamente con Tewodros, para educarlo en las tareas de gobierno. Cada vez me hacía más viejo, y antes de olvidar todo lo que había aprendido tenía el deber de transmitirlo a mi heredero. Sherezade, nombre con el que será inmortalizado, está destinado a ser un hombre grande. Si sobrevivió a aquel envenenamiento no fue por casualidad. Alá le debe de haber reservado un gran porvenir, que está empezando a labrarse como imán de Harar.

Su amistad con el heredero de Mirza hizo que, cuando el rey dejo este mundo en el 283, fuera nombrado regente del renombrado emirato Shirazid. Un nombramiento que dejaba a nuestra familia en una posición histórica. Al tiempo que se sucedían estos acontecimientos tuve que afrontar una mala noticia que me hizo enfurecer. Anbasa había muerto plácidamente en sus aposentos. La posibilidad de vengarme había desaparecido.

Vagué sin rumbo durante meses, y por las noches, atosigado por el insomnio, me tenía que enfrentar a siniestras sombras dibujadas por la luna, que furtivamente paseaban por mi palacio. En una de esas noches me pareció ver, junto a una fuente, la figura de mi hijo. No tuve el valor de acercarme para ver esa siniestra realidad, ni tampoco para explicarle el fracaso de mis planes.

Los acontecimientos no me dejaron reflexionar durante mucho tiempo. Lamentablemente la paz no duró todo lo que hubiera querido y para el año 285 estalló una rebelión miafista en la capital. Temí por la vida de Sherezade y llegué a pensar que aquel fantasma había sido una advertencia. Gracias a Alá salió ileso aunque la provincia fue tomada por los infieles. A la vez que se producía el alzamiento, el reino de Absinia movilizaba sus tropas en el norte para lanzar una ofensiva.

Conquista Axum


 

Estas notas fueron encontradas por los sirvientes bajo la almohada de Rahad y guardadas de forma celosa por las generaciones posteriores. Aunque no hay ninguna fecha que lo señale, probablemente se correspondan con sus últimos días de vida.

Esta guerra me está desquiciando. No puedo ver más que similitudes entre el primer desastre, la muerte de Alí, y la situación actual. Cuando por las noches camino junto a aquella fuente, en la que me comunicaron la noticia, lo veo. Es una figura pálida, que ha perdido el color de su piel.

Me he acercado más que nunca. Me he atrevido y lo he visto, su rostro, o lo que queda de él. Sus ojos no tienen pupilas, son grises y sombríos. Cuando gime no es el niño el que llora, sino la fuente que está junto a él, de la que parece que brota más agua. Su boca, desencajada, gesticula de manera grotesca, enseñando parchones irregulares de hueso y carne que son pálidos como espectros.

Hoy lo he entendido. He hablado con él. Se ha convertido en el mensajero de la familia. Entre un mundo y otro viene a avisarme de que ya es la hora.

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Sobre Alvaro Alonso Flor

Licenciado en periodismo y activo en el mundo de los videojuegos desde 1995. Jugador de consolas, Android y PC, especializado en estos dos últimos ámbitos. Nostálgico de la Dreamcast y de su mayor obra, Shenmue.
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